sábado, 31 de octubre de 2026
martes, 29 de septiembre de 2026
El Niño Jesús y la música

No solté a la música más nunca, aunque tampoco la estudié. Posteriormente fui convocado para formar un trío musical. Al Trío lo llamamos “Los Henry”, los guitarristas.
EL NIÑO JESUS Y LA MUSICA. "... Parece que fue ayer que el rey Melchor se lo hizo bien conmigo, y me trajo una guitarra..." Joaquín Sabina. Mamá procuraba darnos vida tradicional en las costumbres y en las
creencias. En diciembre nunca faltaba el aguinaldo y el regalo que nos traía
el Niño Jesús, un regalo siempre acorde con lo que le solicitábamos en
nuestras cartas, hechas de lo más decentes.
En diciembre del año de 1956 yo le pedí en mi carta un cuatro, un
reloj y cien bolívares. Al abrir los ojos el día 25 en la mañana y asomarme a
mis zapatos, efectivamente tenía las tres cosas montadas sobre ellos, los
zapatos del colegio que me había ocupado de pasarles el cepillo y colocarlos
justo uno al lado del otro en el centro del piso al pie de mi cama, a la vista,
por el lado derecho, que era el lado que daba hacia la ventana porque por
allí era que se colaba el Niño Jesús para traernos los regalos. Así como
encontré las tres cosas acomodadas arriba de mis zapatos al despertarme,
también encontré a mamá oronda, sentada al pie de la cama por el lado
derecho, pendiente de cuando yo abriera los ojos. Me pareció un milagro
aquello de los regalos, y lo que hacía era reírme de alegría, pero no tanto
por los regalos en sí mismo que por el hecho de que se haya dado aquella
expectativa donde efectivamente el Niño Jesús le traía cosas a uno. Me
parecía algo mágico. Lo primero que tomé fue el billete de cien bolívares,
un billete marrón, nuevo. Me pareció increíble que pudiese tener en mis
manos una cosa que tenía tanto valor, según le había oído a mamá. Al tener
el billete por unos minutos en la mano, el cual veía por el anverso y el
reverso, mamá se dirigió a mí con la palabra, y en un tono muy suave pero
firme, me dijo que como yo era un niño bueno y que quería tanto a su
mamá, yo le iba a regalar ese billete de cien bolívares a ella, sugerencia la
cual acepté en el instante, y le alargué mi brazo con el billete para
entregárselo, convencido. El cuatro y el reloj sí se quedaron en mi poder. Recientemente me enteré en conversaciones con mamá que el admirado
billete se lo había prestado mi esmerado tío Oscar para cumplir con los
requerimientos de mi carta al Niño Jesús.
Yo no sabía tocar cuatro, y fue ese regalo del Niño Jesús el que me acercó a la música. A los
días de recibirlo me llegó el método de Oscar Delepiani, con sus gráficos tan
elocuentes para las posiciones de los dedos, y las canciones que consistían
en las más sencillas para los primeros pasos. Me interesé de primero en
afinarlo con el cam-bur-pin-ton, lo que me propuse como un reto. Debía
sentirlo al pulsar cuerda por cuerda con el pulgar de la mano derecha, tal
cual y como lo sentí por la televisión, que fue cuando se me grabó esa
cadencia. Después de mucho rasgar aprendí a afinar. Empecé mi experiencia
con Allá en el Rancho Grande y Compadre Pancho, que tocaba en todas
partes por toda la casa. Allí me quedé durante un tiempo hasta que descubrí Fúlgida Luna, una canción que se me arraigó en el alma, quizás por su
melodía tan suave y tan sencilla.
Con esa canción me encerraba en el cuarto. La tocaba y la cantaba.
Por las noches mamá era mi auditorio, allá en la salita del piso de
arriba. Los dos parados uno al frente del otro con el escritorio de madera de
caoba que era de papá de por medio. Yo tocando y cantando y ella oyendo,
danzando con medio cuerpo y palmeteando, sonreída todo el tiempo,
viéndome con la cabeza gacha y los ojos disparados hacia arriba, fijos en mi
cara, para al final decirme, contenida y aplaudiendo: “-bueeeeno. Qué
bueno!”. El tránsito que discurrí después ocasionó que dejase el cuatro de un lado.
Lo retomé en primer año de bachillerato, donde tuve la suerte de conocer a Igor
Lanz, compañero de estudios, luego compadre y amigo de toda la vida, quien
estudiaba música por las noches en la José Angel Lamas de la Avenida Urdaneta.
Me
enseñó los tres acordes de cada tono: la tónica, la cuarta y la dominante, pero con
el tiempo me dediqué solamente al re mayor y su relativo menor, el si menor, los
dos tonos más sencillos para los dedos, además de que descubrí que con esa
combinación podía sacar todas las canciones que me fueron gustando. Empecé con
Sombra en los Médanos, de Rafael Sánchez. Después me fui aprendiendo todo lo del
Quinteto Contrapunto y todo lo que interpretaba Jesús Sevillano, cuando ya
dominaba varios tonos con facilidad. Allí estaba Crepúsculo Coriano, también de
Rafael Sánchez, Rafucho, de quien vale la pena decir que no sé cómo no es un santo.
Murió a los 30 años apenas, y sin embargo está en el alma de quienes
experimentamos y vivimos sus melodías, tan bellas como sus letras. En su breve vida
solamente escribió para Falcón, sus médanos, su luna, sus tardes, sus cardones y sus
tunas. Amó a los niños, para quienes fundó una escuela cuando él tenía 17 años
apenas, en la cual era director y maestro. No solté a la música más nunca, aunque tampoco la estudié. Posteriormente fui
convocado para formar un trío musical. Al Trío lo llamamos “Los Henry”, los
guitarristas. Tuvimos contrato en Mi Vaca y Yo, de la carretera vieja de Baruta. En
esa misma época pertenecí a un conjunto musical que armó Orlando Yépez mi compañero de estudios, que se
llamaba “Los Rítmicos”, donde mi estimado amigo Saul Salcedo era el guarachero y
yo era el bolerista. Tocamos en varias fiestas y ganamos dinero con eso. En una de
ellas, en la casa de Don Pedro Ríos Reina de La Florida, eminente músico venezolano, vi por primera vez a Raiza
Savelli Monagas, y canté “Quiero Verte Una Vez Más” dedicada a ella. Terminamos
viéndonos varias veces hasta que nos casamos.
lunes, 31 de agosto de 2026
En Honor a Papá. Memoria de amor, esfuerzo y legado.
viernes, 31 de julio de 2026
Rubén Juárez: el último café
Rubén Juárez: el último café
domingo, 28 de junio de 2026
Del sismo al cataclismo
DEL SISMO AL CATACLISMO
(José Durabio Moros. Ing. civil estructural CIV 12567)
“Vivo en una casita con jardín, pero sigo yendo a la calle oscura cerca de donde nací”. Joan Manuel Serrat.-
Indudablemente que, ante la impotencia y el no poder ante lo que nos envió la naturaleza este 24 de junio, lo que nos va quedando hacer es aceptar la realidad, mejorar nuestras edificaciones (que sean defensas para nuestras vidas y no unas cajas que encierran la muerte), y defender lo que nos va quedando.
Las edificaciones que quedaron de pie, no quiere decir que no hayan quedado heridas, o hasta heridas de gravedad. Es lo que principalmente debemos definir y así reparar lo que acepte reparación y prescindir de aquellas que quedaron heridas de muerte. Tomar una decisión entre estas dos opciones es de una gran responsabilidad, sobre todo cuando se trata de edificaciones residenciales. Tomar una decisión no debe provenir de una inspección ocular, o inspección de algunas zonas, o de algunos aspectos, o de criterios provenientes de características que están a simple vista.
Cuando un ingeniero civil estructural decide participar en estas inspecciones técnicas lo primero que tiene que tener es un gran sentido de la responsabilidad y no dejar cabos sin atar bajo ningún concepto, lo cual es muy posible, incluso a pesar de que parezca que todo ya está revisado. Es por ello que lo primero que debe hacerse es crearse un baremo, un protocolo de donde no escape ningún aspecto, porque no es solamente certificar que las vigas y las columnas no hayan colapsado; son cantidad de otros aspectos que no están a simple vista. Por ejemplo: las declinaciones o inclinaciones. Puedo decir con propiedad que hay inclinaciones que pudieran ser tolerables, lo cual va a depender del grado de la inclinación, de la calidad del suelo, del tipo de infraestructura, de las condiciones en las que haya quedado esa infraestructura luego del evento sísmico, y de los trabajos adicionales que hay que hacerle a la edificación de manera de garantizarnos de que la inclinación tolerable no crezca. En Venezuela, específicamente en Caracas, tenemos ejemplos palpables de grandes edificaciones importantes a las que se les han detectado grados de inclinación y otras fallas luego de haber sido construidas pero son fallas que se han considerado tolerables y que se les han encontrado soluciones estructurales adicionales y por ello han logrado permanecer en pie de manera garantizada. Pude inspeccionar varias de las que conozco su caso, porque hay varias en Caracas, y quedaron intactas luego de esta amarga experiencia que acabamos de tener. No las quiero mencionar para no crear zozobra pues a pesar de que se les aplicaron soluciones adecuadas y eficaces, todas ellas tienen circulación y permanencia de personas tanto de día como de noche, personas que pudieran crearse inquietudes innecesarias, porque esas edificaciones, de gran envergadura, permanecen en un funcionamiento pleno, a pesar de que a algunas de ellas las obras adicionales les fueron efectuadas hace más de veinte años y siguen prestando servicio.
Así como el aspecto estructural y la verticalidad, existe la posibilidad del hundimiento, luego de un evento del calibre al que fue sometido el suelo en varias partes de nuestro país. Muchas veces ese hundimiento es diferencial y otras veces uniforme. Del diferencial nos damos cuenta de mejor manera porque viene acompañado de una inclinación, lo cual con aparatos de medición específicos se puede detectar fácilmente. El más difícil de precisar a simple vista es el hundimiento uniforme cuando se trata de centímetros, por ejemplo, y es difícil de precisar también si ese hundimiento es tolerable o no, sobre todo si no se tiene el perfil litológico o estratigráfico del suelo portante. Es una de las posibilidades más difíciles de precisar luego de un sismo de consideración o de un terremoto, pero es un aspecto que debe ser siempre tomado en cuenta, porque es el suelo el que con su movimiento ocasiona estas consecuencias, difíciles de diagnosticarles su continuidad en el tiempo, es decir, si va a seguir hundiéndose la edificación.
De manera que para dar el dictamen de que un edificio puede ser de nuevo habitado o no después de un terremoto, no es cosa de una inspección ocular de la estructura, sino que intervienen otra serie de factores multidisciplinarios que requieren apoyo interdisciplinario, herramientas e instrumentación que nos permitan dictar un criterio, preciso, definitivo y adecuado.
Mientras tanto, la humanidad tiene que ir prescindiendo del criterio de los edificios altos, innecesarios, que lo que traen es muerte y dolor. El hombre nació para estar con los pies sobre la tierra, y La Tierra tiene suficiente espacio para urbanizar en horizontal, en lugar de tanta "mole" alta que nos rodea. Absurdo que los venezolanos trabajemos bajo esos esuqemas, inconvenientes por razones de salud, pero sobre todo sabiendo que somos un país sísmico y teniendo tanta tierra ociosa. Solamente pensar que el 80% de nuestra población vive en los estados costeros, y solamente un cinco por ciento entre el estado Bolívar y el Amazonas nos deja ver la falta de planificación macrourbana, teniendo esos dos estados los atractivos turísticos más llamativos del mundo y el 90% de los reservorios de agua dulce.
La humanidad en su decadencia, irreflexiva, ligera, suicida, a través de los años se ha venido acostumbrando a construir edificaciones cada vez más altas, atrevidas y esbeltas, lo cual, obviamente no obedece sino exclusivamente a razones económicas de los promotores: al aprovechamiento in extremis de la tierra, a excepción de los países árabes como Arabia Saudita, o los Emiratos Árabes, Qatar, Bahrein, donde se hacen edificaciones extremadamente altas y esbeltas pero ya por otros afanes.
"Tengo un departamento que nos condena a cuatro paredes, nos quita nuestro derecho a poner el pie desnudo sobre la tierra y nos mantiene en el aire", me decía un ciudadano en la calle, al conversar a apenas minutos de estar allí al sentir el temblor y salirnos en volandas del restaurante donde estábamos, yo apenas disponiéndome a comerme una ensalada Beijing.
Debemos comenzar a pensar en grande, es decir, a pensar en la humanidad. A pensar en desarrollos horizontales, mucho más humanos y casi exentos de riesgos ante un evento sísmico, y dejar de lado esas cajas apiladas una arriba de la otra, encerradas, rodeadas de precipicios, sin opciones, que en lugar de un sismo nos hicieron vivir un cataclismo.
domingo, 24 de mayo de 2026
María auxilio de los cristianos
MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS
"Por tierra los pueblos del mundo en el acto de alzar las manos hacia ella pidiendo su auxilio".
Don Bosco.-
miércoles, 29 de abril de 2026
Cipriano Castro y mi abuelo

Cipriano Castro y Eulogio Moros
(26 y 30 años). Son fotos de diferentes épocas.
Cipriano le llevaba a mi abuelo tres años.
"Un amigo leal vale más que diez mil parientes" — Eurípides.

martes, 31 de marzo de 2026
Vivir en El Conde
VIVIR EN EL CONDE
"El progreso de una ciudad se ve comprometido cuando se demuele una urbanización pionera que apenas acaba de cumplir veinte años de fundada y luego hay que esperar cincuenta años para encontrarle un sustituto" Arq. Ernesto Fuenmayor.-
Cuando se casaron mamá y papá se fueron a vivir a la casa que él había tomado en el mes de Julio de ese año en la Urbanización El Conde. La Urbanización El Conde quedó asentada en tierras que eran del expresidente venezolano Antonio Guzmán Blanco, una hacienda de café de principios del siglo XVII, la hacienda El Conde, tal y como se llamaba cuando pertenecía al Conde de San Xavier. Allí el atractivo eran sus árboles frutales, “de los más regalados de España”. Era de las barriadas mejor asentadas de Caracas. Un urbanismo moderno y consolidado.
Después de pasar por los desarrollos urgentes de la Laguna de Catia y de Propatria provocados por las grandes masas de obreros del boom petrolero, los constructores comenzaron con una visión más amplia, ahora no por unidades en las cuadras ya formadas antes de la Quebrada Anauco, sino en grandes lotes de tierra de las afueras de la ciudad. Es así como Juan Bernardo Arismendi, un oriental venezolano visionario e inquieto, se compró en París en el año 1923 la Hacienda La Yerbera y la Hacienda El Conde de manos de los descendientes de Antonio Guzmán Blanco; se asoció con el sastre Luis Roche y en poco tiempo sacaron la Urbanización San Agustín del Norte y la Urbanización El Conde. El negocio era satisfacer la demanda de la pujante clase media.
Se inició una revolución de los conceptos. Se dejó de un lado por primera vez el modelo de la casa colonial y se empezó a establecer un jardín al frente además de que comenzaron a transformarse las ventanas de repisa, las cuales venían cada vez más angostas hasta que aquí desaparecieron. El Conde, pionera y novedosa, nunca fue elevada a parroquia, inmerecidamente. Se prefirió anexarla a San Agustín. A El Conde se llegaba primero que a San Agustín, desde Puente Mohedano, su entrada natural. En El Conde se inició el modernismo para la clase media, un estilo que se diseminó galopante de allí en adelante.
Las casas de El Conde tenían garaje, toda una novedad. Todavía eran pareadas y de dos ventanales, tal y como las de Altagracia o de Santa Rosalía, de mucho antes. Ahora eran de dos pisos y el jardín central de la época colonial se había transformado en un escenario de piso de mosaicos donde sucedían las mejores celebraciones de la familia.
Pasarán muy pocos años para que este sólido urbanismo fuese eliminado del mapa de Caracas. La Urbanización El Conde fue derrumbada en los años 60 con miras a hacer unos edificios para la clase media. Debido a ello tuvimos que mudarnos apresurados para Los Palos Grandes. Los terrenos, durante cincuenta años después, permanecieron vacíos hasta que apareció la Galería de Arte Nacional, exactamente en el lugar donde estuvo la casa que nos vio nacer como familia y como personas.
viernes, 27 de febrero de 2026
BAILANDO JOROPO
BAILANDO JOROPO (o EL RECORRIDO DE CAPOBIANCO Y ARRÁIZ)
Salir de creer que el ímpetu de nuestro baile típico proviene de que somos indios a convencernos de que somos africanos con europeos.
Extraordinario trabajo de Raffaele Capobianco donde reúne mucha referencia de Arráiz Lucca a raíz de su reciente llegada de Colombia, donde estuvo impartiendo clases durante tres años en la Universidad del Rosario, lo cual le permitió observar y aprender del por qué la diferencia étnica entre venezolanos y colombianos.
Capobianco dice en su artículo:
"Hay un artículo (creo que en el portal La Gran Aldea) en donde el profesor Rafael Arráiz Lucca contaba en forma muy apretada su vivencia de 3 años en Colombia, siendo profesor en la institución privada Universidad del Rosario en Bogotá.
Cuenta Arráiz Lucca, que lo primero que le llamó la atención es que, a diferencia de Venezuela, se encontró que todos los comercios en Colombia están en manos de colombianos. Nada de ir a la panadería de un portugués, la carnicería de un italiano, o la ferretería de un español. No, allá todo está en manos de los colombianos. Los extranjeros brillaban por su ausencia. Otra cosa que encontró, es que los colombianos suelen ser hijos, nietos y bisnietos de colombianos. Cuando comenzaba el semestre en la universidad, le preguntaba a los muchachos de su curso que cuántos eran hijos o nietos, al menos de un extranjero. Dice que hubo cursos en donde nadie levantó la mano y en el mejor de los casos, quizás tuvo algún curso en donde un 10% levantó la mano. Refiere Arráiz Lucca, que esa misma pregunta realizada en la Metropolitana de Caracas, se traducía en un bosque de manos.
¿Explicación? Pues que las migraciones siempre se dan hacia aquellas naciones que en donde la posibilidad de progresar es mayor. Venezuela siempre fue rica para los ojos del inmigrante. Desde la época de las perlas de Margarita, pasando por el balatá y el oro de Guayana, el café, el tabaco, la caña de azúcar, cuero, y finalmente, el excremento del diablo. Frente a toda esa riqueza, Colombia era la hermana pobre. ¿Quién iba a querer probar suerte en Colombia, si en Venezuela sobraba riqueza y oportunidades de trabajo? Somos un país único –y no lo sabíamos– que siempre ha favorecido la inmigración sin mayores cortapisas.
Este "welcome" a los extranjeros, trajo como consecuencia que el venezolano siempre haya convivido con la presencia de los mismos; gente extraña, pero a la que nunca vieron como invasores o rivales. El cementerio judío (todavía operativo en América Latina) está en Santa Ana de Coro. ¿De dónde venían esos judíos? Pues de Curazao. ¿Y cómo llegaron a Curazao? Pues desde Ámsterdam, a donde habían llegado en la época en que fueron expulsados de España junto con los árabes. Eran, por tanto, sefardíes en su mayoría. La otra gran migración judía la constituye los asquenazis venidos de la Europa Central.
Páez encomienda al geógrafo Agustín Codazzi a la búsqueda de colonos agricultores que quieran venir a establecerse en una Venezuela desolada y vaciada por las guerras de independencia. En Europa lleva a encontrarse con Humboldt en París y este le recomienda traer a agricultores de la Selva Negra. Es entonces con Codazzi, que llegan los primeros alemanes que se terminan estableciendo en lo que hoy es la Colonia Tovar. Posteriormente llegará otro barco con más alemanes, pero estos terminarán separándose de los primeros y estableciéndose en un lugar cercano llamado El Jarillo.
Llegan también, huyendo de la persecución político-religiosa por parte del Imperio Otomano, los sirios y libaneses que pronto poblaron puertos como Puerto Cabello, La Guaira, Carúpano, Ciudad Bolívar. Son nuestros famosos "turcos", pues viajaban todos con pasaporte de ese gran imperio árabe que se derrumbaría después de la Primera Guerra Mundial. "Turco te llamé, "turco" te quedaste. Y pasó lo mismo, llegaron esos "baisanos" y nadie se metió con ellos.
También, por esa época, llegan los corsos. Lo mismo, la boyante vida de los puertos venezolanos es el imán que les hace venir. Siendo Córcega una isla que había sido italiana, pero que hace tiempo que pertenecía a Francia, se dio el caso de que Venezuela se ve de repente llena de gente con apellido italiano, pero que hablaban francés. Franceschi, Morandi, Lucca, Raffalli, Figarella, Leoni, Paván, Bonaparte, son todos apellidos corsos.
Después llega la explotación petrolera y con ello más musiúes que llegan a Venezuela. Y, finalmente, la gran inmigración masiva y controlada, se da con la dictadura de Pérez Jiménez, en donde españoles, italianos y portugueses provenientes del hambre de la postguerra, cruzaron el Atlántico para probar suerte en Venezuela y, como todo extranjero que llega a Venezuela, después no se quisieron ir. En la década de los 70 se da también otra inmigración. Gente, huyendo de dictaduras de Argentina, Chile y Perú, llegan a Venezuela. Por cierto, en el caso de Chile se dio una situación muy curiosa. Se da una primera oleada migratoria huyendo del desplome económico que representó el gobierno socialista de Allende. La segunda oleada se produce con el golpe de Estado de Pinochet. Ambos grupos chilenos les tocaría convivir en Venezuela y la verdad es que nunca supe de enfrentamientos entre estos coterráneos.
¿Cómo explicar que un pueblo que gusta presumir de ser descendientes de los bravos guerreros caribe, nunca tuvo mayores problemas con ese minestrone de extranjeros presentes en nuestro suelo? Pues el propio profesor Arráiz Lucca desmonta un mito. En un programa con Román Lozinski le preguntaron al profesor Arráiz que qué significaba étnicamente ser venezolano? Arráiz Lucca apela a datos estadísticos. Supuestamente está asentado en archivos que en la época de la Colonia llegaron a Venezuela unos 89.000 españoles. De ellos, solo el 11% eran mujeres. Y de las mismas, la mitad pertenencia al clero (monjas). Dice Arráiz, con picardía, que a esa desproporción había que buscarle solución. La misma vino del cruce con las mujeres esclavas africanas. ¿Y los indios? Arráiz Lucca dice que a diferencia de los aztecas, mayas e incas, los indígenas venezolanos no establecieron ciudades. Eran nómadas que cuando escaseaba la caza o se agotaba el suelo, mudaban su campamento. ¿Hacia donde mudaban sus campamentos? Lejos de la civilización, de la presencia del colono español que también los esclavizaba. Concluye Arráiz Lucca, que a diferencia de lo que gustan presumir los venezolanos, que de tener otra sangre (aparte de la española) siempre gustan de presumir de su sangre indígena, esto no es cierto. Salvo ciertos lugares muy localizados, la mezcla de razas durante la Colonia es producto mayormente de múltiples combinaciones entre blancos y negros. O sea, que cuando nos "jinchan" los pies y comenzamos a bailar, es por la sangre negra que portamos y no por la que pudiéramos tener de un Guacaipuro.
Y si revisamos nuestra historia, el Presidente Rómulo Betancourt era hijo de un comerciante canario nacido en Tenerife. El presidente Raúl Leoni Otero era hijo de un corso, de nombre Clemente, que para acompañar a su hijo mientras estudiaba Derecho en la UCV, montó la famosa Farmacia La Francesa en la esquina de Santa Capilla. ¿Su socio? Su cuñado, Henrique Otero Vizcarrondo, padre de Miguel Otero Silva y a quien (como regalo de cumpleaños) le compró en los EEUU una rotativa de segunda mano y con la cual MOS fundaría el periódico EL NACIONAL. Y, ahora que me tropiezo con el apellido Vizcarrondo, se me había olvidado citar la presencia de los vascos en Venezuela. Olavarría, Urdaneta, Landaeta, Zubillaga, Zuloaga, Lacalle, Arismendi, Aguirre, Anzoátegui, Bolibar (cambiado a Bolívar al llegar su portador a Santo Domingo) son todos apellidos vascos muy ligados a nuestra historia.
Otro dato sobre el apellido venezolano Otero, es que, aparte de ser primos hermanos Raúl y Miguel, también eran ambos primos hermanos del escultor Alejandro Otero Rodríguez. La gran estructura (toda ella de acero inoxidable) que está en la hidroeléctrica de Guri, donde 2 turbinas tipo Francis están en la cúspide de la estructura (en forma contrapuestas y colocadas horizontalmente), y que se conoce como Torre Solar, es obra de Alejandro Otero.
Sigo con mis "linajes". La madre de Marcos Pérez Jiménez era una maestra colombiana. Marcos Evangelista fue su hijo N° 16. El hombre de Rubio, Carlos Andrés Pérez, era hijo de un colombiano que se vino muy joven a buscarse la vida en Venezuela. A su vez, este colombiano lo era solo de nacimiento, pues resultó ser hijo de un matrimonio español proveniente de Asturias y que se había radicado en Colombia. Jaime Lusinchi tiene ascendencia corsa por parte de su mamá. El papá de Jaime se apellidaba Chacín y dado que estaba casado con otra mujer cuando nació el niño, no le dio su apellido. La mamá de Lusinchi era nieta de un corso llegado a Venezuela a finales del siglo XIX. Al igual que el Presidente Leoni, el Presidente Lusinchi tiene entonces ascendencia corsa.
¡Caramba! Hemos venido siendo gobernados por gente con sangre extranjera y no lo sabíamos.
No exactamente. Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita, Rafael Caldera, Luis Herrera Campins, no tienen ascendencia extranjera directa ni a nivel de bisabuelos. Los orígenes de sus apellidos hay que buscarlos en el periodo de la Colonia (siglo XVI; años 1500).
Recordando el reclamo de la muchacha peruana, a la vez del reconocimiento que hace a esos venezolanos que, mientras vivió entre nosotros, nunca le dijeron que se devolviera a su país, la realidad es que en este maravilloso país a quien muy acertadamente Colón llamó Tierra de Gracia, y en donde todos llevamos en el color de nuestra piel las distintas tonalidades de ese sabrosa mezcla de un café con leche, los hijos vienen al mundo con plumas de pavo real. Y dentro de ese extenso y gran abanico, caben todas las nacionalidades del mundo. Bienvenidos serán siempre todos esos musiúes que vengan a nuestro país para engrandecerlo con su trabajo honesto, y que a la vez puedan hacer del mismo, la Patria de sus hijos y nietos.
P.S.: En los "linajes" que he venido destacando, se me quedó en el tintero hacer referencia a una persona que es orgullo de los monanguenses. Me refiero a Bill Clinton que, como todo el mundo sabe, nació en Caripito".
Fuente: Raffaele Capobianco. Bitácora Venezuela Plus
Fotografía: Elsumario.com






