viernes, 31 de julio de 2026

Rubén Juárez: el último café


Rubén Juárez: el último café
"Unas veces lloramos de alegría, y otras veces lloramos de tristeza". Rubén Juárez, a su bandoneón.                                                                                                   
                Extrañamente lo llamaban Rubén, pero el primer nombre de este inextrañable y entrañable personaje era Jorge, un cordobés argentino contemporáneo conmigo con el que apenas tenemos tres cosas en común: nos conocen por nuestro segundo nombre, nacimos el mismo año y a los dos nos apasiona el tango.                                                       
                Conocí a Rubén en Caracas en un momento de la vida en el cual su calidad como cantante lo trajo a mi ciudad capital para presentarse en el local más boyante dedicado al tango que tenía Venezuela que se llamaba "La peña tanguera", de Luis Alonso, y que quedaba en la avenida Venezuela de la urbanización Bello Monte, frente a la autopista del este, y que era el templo del tango en su época.               
                Rubén, de estatura promedio, de grata presencia y tipo  bien parecido, llegó al local en flux blanco y corbata roja con solamente dos elementos ceñidos a su cuerpo: una caja de cartón y un bandoneón blanco terciado de un lado.                                                                                     Ya avanzada esa noche, lo recuerdo bajándose de un automóvil grande, color blanco descapotable y tapicería roja, manejado por otra persona. Hasta que entró a la puerta del local, no soltó una sonrisa franca saludando a un grupo numeroso de fanáticos que lo esperaban a las puertas de "La peña tanguera".                                                                            Esa noche fue que conocí personalmente al artista cantante Rubén Juárez, quien, además de su prodigiosa voz clara, grave y de mucha fuerza, se caracterizó por utilizar un bandoneón simultáneamente con su cantar. Es quizás el único intérprete de tangos que ha unido al canto el hecho de ejecutar a la vez el bandoneón simultáneamente, lo cual lo convierte en un artista único dentro de la historia del tango.                      
                Al final de su segunda tanda de canciones se acercó espontáneamente a nuestra mesa donde estaba parte de mi familia y mi persona, y para sorpresa de todos se sacó del bolsillo un cassette contentivo de su primera producción llamada "Mi bandoneón y yo" y se lo regaló a mi hermana. Permaneció un rato conversando con todos, sobre todo con ella, de quien creo quedó prendado.                                            
                Esa noche entendí que Rubén, de una prodigiosa voz hecha para el tango, no le cantaba a la mujer sino a la vida y a su vida. Todas las obras producidas por él, las cuales me aprendí todas las contentivas de ese cassette, iban por ese camino.                                                                     Se regresó Rubén para su tierra y le perdí la pista hasta que unos pocos años después supe que estaba en Margarita con su familia, y lo ubiqué en el hotel donde hacía su presentación. Se acordó del capítulo en nuestra mesa de la noche en "La peña tanguera". Yo le comenté en tan breve conversación que me sabía todas las canciones de esa primera producción musical expuesta en ese cassette que quedó exhibido arriba del mantel blanco de nuestra mesa, al cual yo no le quitaba la vista de encima dado que a mi hermana le dió por dejarlo allí toda la noche, toda orgullosa.                                                                         Al final de nuestra breve conversación me invitó a visitarlo a Buenos Aires. Me quedé con esa invitación haciéndome bulla en mi corazón hasta que un buen día el destino me llevó a Buenos Aires como representante de una empresa venezolana consultora dedicada a proyectos de ingeniería. Yo vivía en Asunción, la ciudad capital del Paraguay pero siempre buscando la oportunidad de acercarme al vecino Buenos Aires a buscar el barrio Palermo Viejo, que fue lo que me dió como dirección. No me dijo más nada sino que buscara allí la Plaza Serrano y preguntara por el "Café Homero".                                         A mí me extrañó porque yo juraba que quedaba más bien en San Telmo, que era donde estaban casi todas las más famosas tanguerías concentradas. Sin embargo Juárez apostó por abrir un espacio tanguero propio en Palermo.                                                                                   Allí llegué yo finalmente aquella noche todo enfluxado con tres amigos, y apenas lo vi, gordo y con una cara redonda, me le acerqué y le dije "como buen venezolano, aquí estoy aceptando aquella grata invitación desde Margarita. No hay distancias". En un alarde de buena memoria enseguida reaccionó con un estrecho abrazo que me llegó hasta el alma. Fue un momento inolvidable y de los más satisfactorios de mi vida.                                                En nuestra mesa de mantel blanco de gruesa tela de algodón, Rubén me dedicó un rato que aunque se me fueron muy rápido no los olvidaré más nunca. De allí me invitó a cantar con un trío que le tocaba a sus artistas invitados y a él en sus presentaciones. No quise cantar nada de sus canciones por el único motivo de que no lo iba a hacer con la calidad que él lo hacía. Además, no toco el bandoneón.                                                                     Rubén se nos fué para siempre al año siguiente de aquella velada inolvidable debido a una sorpresiva enfermedad.                                                                Me quedaron dos cosas hermosas de esa milagrosa noche, dos cosas impregnadas de Rubén, un personaje muy emotivo: una, la canción que se me ocurrió cantar llamada casualmente "El último café", y dos el espontáneo y fuerte abrazo que nos dimos de corazón que, además de nuestro cariñoso debut como amigos en su cálido local Café Homero, resultó también de despedida.                                                     







                          

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