
No solté a la música más nunca, aunque tampoco la estudié. Posteriormente fui convocado para formar un trío musical. Al Trío lo llamamos “Los Henry”, los guitarristas.
EL NIÑO JESUS Y LA MUSICA. "... Parece que fue ayer que el rey Melchor se lo hizo bien conmigo, y me trajo una guitarra..." Joaquín Sabina. Mamá procuraba darnos vida tradicional en las costumbres y en las
creencias. En diciembre nunca faltaba el aguinaldo y el regalo que nos traía
el Niño Jesús, un regalo siempre acorde con lo que le solicitábamos en
nuestras cartas, hechas de lo más decentes.
En diciembre del año de 1956 yo le pedí en mi carta un cuatro, un
reloj y cien bolívares. Al abrir los ojos el día 25 en la mañana y asomarme a
mis zapatos, efectivamente tenía las tres cosas montadas sobre ellos, los
zapatos del colegio que me había ocupado de pasarles el cepillo y colocarlos
justo uno al lado del otro en el centro del piso al pie de mi cama, a la vista,
por el lado derecho, que era el lado que daba hacia la ventana porque por
allí era que se colaba el Niño Jesús para traernos los regalos. Así como
encontré las tres cosas acomodadas arriba de mis zapatos al despertarme,
también encontré a mamá oronda, sentada al pie de la cama por el lado
derecho, pendiente de cuando yo abriera los ojos. Me pareció un milagro
aquello de los regalos, y lo que hacía era reírme de alegría, pero no tanto
por los regalos en sí mismo que por el hecho de que se haya dado aquella
expectativa donde efectivamente el Niño Jesús le traía cosas a uno. Me
parecía algo mágico. Lo primero que tomé fue el billete de cien bolívares,
un billete marrón, nuevo. Me pareció increíble que pudiese tener en mis
manos una cosa que tenía tanto valor, según le había oído a mamá. Al tener
el billete por unos minutos en la mano, el cual veía por el anverso y el
reverso, mamá se dirigió a mí con la palabra, y en un tono muy suave pero
firme, me dijo que como yo era un niño bueno y que quería tanto a su
mamá, yo le iba a regalar ese billete de cien bolívares a ella, sugerencia la
cual acepté en el instante, y le alargué mi brazo con el billete para
entregárselo, convencido. El cuatro y el reloj sí se quedaron en mi poder. Recientemente me enteré en conversaciones con mamá que el admirado
billete se lo había prestado mi esmerado tío Oscar para cumplir con los
requerimientos de mi carta al Niño Jesús.
Yo no sabía tocar cuatro, y fue ese regalo del Niño Jesús el que me acercó a la música. A los
días de recibirlo me llegó el método de Oscar Delepiani, con sus gráficos tan
elocuentes para las posiciones de los dedos, y las canciones que consistían
en las más sencillas para los primeros pasos. Me interesé de primero en
afinarlo con el cam-bur-pin-ton, lo que me propuse como un reto. Debía
sentirlo al pulsar cuerda por cuerda con el pulgar de la mano derecha, tal
cual y como lo sentí por la televisión, que fue cuando se me grabó esa
cadencia. Después de mucho rasgar aprendí a afinar. Empecé mi experiencia
con Allá en el Rancho Grande y Compadre Pancho, que tocaba en todas
partes por toda la casa. Allí me quedé durante un tiempo hasta que descubrí Fúlgida Luna, una canción que se me arraigó en el alma, quizás por su
melodía tan suave y tan sencilla.
Con esa canción me encerraba en el cuarto. La tocaba y la cantaba.
Por las noches mamá era mi auditorio, allá en la salita del piso de
arriba. Los dos parados uno al frente del otro con el escritorio de madera de
caoba que era de papá de por medio. Yo tocando y cantando y ella oyendo,
danzando con medio cuerpo y palmeteando, sonreída todo el tiempo,
viéndome con la cabeza gacha y los ojos disparados hacia arriba, fijos en mi
cara, para al final decirme, contenida y aplaudiendo: “-bueeeeno. Qué
bueno!”. El tránsito que discurrí después ocasionó que dejase el cuatro de un lado.
Lo retomé en primer año de bachillerato, donde tuve la suerte de conocer a Igor
Lanz, compañero de estudios, luego compadre y amigo de toda la vida, quien
estudiaba música por las noches en la José Angel Lamas de la Avenida Urdaneta.
Me
enseñó los tres acordes de cada tono: la tónica, la cuarta y la dominante, pero con
el tiempo me dediqué solamente al re mayor y su relativo menor, el si menor, los
dos tonos más sencillos para los dedos, además de que descubrí que con esa
combinación podía sacar todas las canciones que me fueron gustando. Empecé con
Sombra en los Médanos, de Rafael Sánchez. Después me fui aprendiendo todo lo del
Quinteto Contrapunto y todo lo que interpretaba Jesús Sevillano, cuando ya
dominaba varios tonos con facilidad. Allí estaba Crepúsculo Coriano, también de
Rafael Sánchez, Rafucho, de quien vale la pena decir que no sé cómo no es un santo.
Murió a los 30 años apenas, y sin embargo está en el alma de quienes
experimentamos y vivimos sus melodías, tan bellas como sus letras. En su breve vida
solamente escribió para Falcón, sus médanos, su luna, sus tardes, sus cardones y sus
tunas. Amó a los niños, para quienes fundó una escuela cuando él tenía 17 años
apenas, en la cual era director y maestro. No solté a la música más nunca, aunque tampoco la estudié. Posteriormente fui
convocado para formar un trío musical. Al Trío lo llamamos “Los Henry”, los
guitarristas. Tuvimos contrato en Mi Vaca y Yo, de la carretera vieja de Baruta. En
esa misma época pertenecí a un conjunto musical que armó Orlando Yépez mi compañero de estudios, que se
llamaba “Los Rítmicos”, donde mi estimado amigo Saul Salcedo era el guarachero y
yo era el bolerista. Tocamos en varias fiestas y ganamos dinero con eso. En una de
ellas, en la casa de Don Pedro Ríos Reina de La Florida, eminente músico venezolano, vi por primera vez a Raiza
Savelli Monagas, y canté “Quiero Verte Una Vez Más” dedicada a ella. Terminamos
viéndonos varias veces hasta que nos casamos.
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